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El país que nos soñamos

¿Dónde empezó el sueño? ¿En los 90’s con la nueva constitución? ¿En los 50’s cuando creamos las guerrillas? ¿En la guerra de los mil días? ¿En la Patria Boba? ¿En el grito de independencia? ¿En la revolución de los comuneros? Fuimos nosotros ¿Quiénes? Los criollos que lideraron la independencia, los pastusos que vieron la falacia en esta premisa y los palanqueros que permitieron la preservación de nuestras raíces africanas en medio del fragor de la guerra. Somos todos unos soñadores. Desde los indígenas olvidados siempre en el recuento de nuestra vida nacional e histórica, hasta los hijos, nietos y herederos de las familias eternamente hacendadas en el poder.
Soñamos. Pero no hemos podido convertir la esperanza en realidad.
Tenemos miedo.
¿Y quién no tendría miedo? Como Estado hemos fracasado de tal manera que los caminos parecen todos oscuros e imposibles de seguir. Nos olvidamos siempre de que somos parte del mismo pueblo y que muera quien muera es hermano nuestro. Sangre que se riega y desgasta en los montes, las calles y las aulas.
Dos mujeres, una del lado de las Farc EP y otra de la
Policía Colombiana ¿Ustedes encuentran diferencia?
Sí, las aulas de clases son otro motivo más de alarma. Allí se gesta la semilla que va a poner un arma en manos del joven que antes portaba un lápiz. Un arma, una cualquiera. Una que no tiene bando porque la muerte es, y siempre será, la única cosa igualitaria y equitativa para todos. La cosa es que, ese niño-hombre una vez tuvo un lápiz y no pudo aferrarse a él, porque no hay plata para estudiar más; una vez pensó en cambiar el mundo, pero el mundo se lo cambiaron a él cuando mataron a su papá; una vez quiso ser abogado, o médico, o astronauta, hasta que alguien le dijo que la única forma de hacer plata en el país es llevar uniforme o hacerse narco. Y el niño-hombre es bien, no quiere que pasen cosas malas ni estar mal, así que opta por las botas y el uniforme, por defender a la patria. Al niño-hombre le matan el sueño con disciplina, con miedos, con la realidad de una amante eterna que debe desmontar, limpiar, montar y cargar. Su ideología ya no es la del bien sino del orden, se pierde la humanidad en la máquina de la guerra.
¿Y qué le queda el niño cuando es hombre y ya no tiene amante, o guerra, o patria? Estrés postraumático y una vida de indecisiones.
Entonces, ¿Cuál es la solución? Fácil, factible, sin mucho discurso. Educación.
Señores en el poder, señores en las calles. Hagan posible la educación gratuita, la formación integral. Premien el esfuerzo, el trabajo, la preparación… la única palanca que debiera necesitarse para un cargo es el conocimiento.

No matemos más sueños. Hagamos del país que soñamos, ese que se forjó con sangre, una realidad sin armas, sin militantes, que no haya bandos, solo hermanos.

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